jueves, 2 de diciembre de 2010

1985 Cuba - Capítulo XXXIX



Además de los referentes familiares tengo una relación muy personal con determinados escritores, cantaores y algún político. Con ellos me comunico y tengo establecida una relación fundamental que utilizo dependiendo de su eficacia. La respuesta a esta diversidad de anclajes a las vidas de los demás me la dio mi peluquero. Se trata de un joven con una estética moderna, más próxima a lo racial que a lo volátil -que ha conseguido montar su propio negocio donde trabaja él solo-, lleva un corte de pelo que me recuerda a Jimmy Hendrick y le gustan los tatuajes. Durante mis encuentros, tardíos, he sido testigo de cómo los tatuajes le fueron envolviendo los brazos. Desconozco si tiene más en otras partes del cuerpo, no se lo he preguntado. Sus tatuajes tienen una estética cuidada, con mucho colorido, que los hace más atrayentes al no tener una piel blanquecina. Descubrí a través de un amigo, que también lo conoce, que los tatuajes simbolizan distintos momentos de su vida que lo han marcado o que él considera importantes. Puede ser que, por la diferencia generacional, piense que no tenemos mucho en común y por eso no suele ser muy comunicativo, así que, mientras se emplea con las tijeras conversamos intermitentemente. Sólo habla cuando le pregunto o le comento algo mientras hace su trabajo y una parte del pelo que va cortando cae sobre mis hombros; el resto se desliza lentamente por el mandil para ir a parar a mi seno o directamente al suelo, a lo que yo contribuyo levantando de vez en cuando las manos, ocultas debajo del delantal, porque me resulta agradable verlo y sentirlo limpio. Un día, al ver que ya tenía cubierto de tatuajes casi la totalidad de los brazos sin llegar a las manos, le pregunté por el último que se había hecho. Pero se mostró huidizo, como si no le gustara hablar de eso. Yo lo entendí, porque comprendo que los tatuajes son una cosa muy íntima e incluso espiritual. Le dije que me gustaban los tatuajes, son muy seductores, y que yo había sentido en más de una ocasión el gusanillo de hacerme uno pequeño en un lugar discreto, pero que siempre dudé porque el tatuaje es para siempre, en eso consiste, y que a lo mejor algún día podría cambiar de opinión y convertirse en algo que me pudiera incomodar sin remedio. Sin pensarlo, me dijo: Eso es falta de personalidad. Durante unos segundos medité su conclusión y le respondí: Así es, eso es verdad. Entonces, tras una pausa y cambiando de conversación, le pregunté cómo le iba el Audi TT que se había comprado de segunda mano.

Aquél mismo día que regresamos a La Habana teníamos prevista una visita a la casa de Ernest Hemingway. Fuimos a su Finca La Vigía en el pueblecito de San Francisco de Paula, muy cerca de La Habana, pero sólo pudimos visitar los alrededores porque la casa estaba cerrada por reformas. Allí había escrito Hemingway “Por quién doblan las campanas” y “El viejo y el mar”.

- De pequeño, como yo era el mayor de mis hermanos, me llevaban a muchos sitios. Mi padre me levantaba antes del amanecer para ir de cacería, me llevaba a pescar sábalos al río Guadalete, a la Laguna, a los toros, a coger espárragos, madroños, castañas o alcachofas silvestres; me enseñaba a escuchar y conocer a los pájaros. ¿Ves? ese es el sonido que hace el zorzal, ahí canta un jilguero, un petirrojo, una tórtola, el cuco, la alondra, el ruiseñor; escucha. Mira la oropéndola, la abubilla, el abejaruco… Cuando descubría un nido me lo enseñaba con sigilo. También me llevaba a la bodega donde trabajaba para que estuviera con él los días que no tenía colegio, a las peleas de gallos y al cine. Conocía la tonelería, el vino, la bodega, la viña y amaba la naturaleza. Pasaba mucho tiempo con él en los bares, próximos a mi casa, en los que durante toda su vida fue teniendo su punto de encuentro; siempre iba a buscarlo. También le acompañaba a los entierros. Cuando murió mi abuelo no me despegué de su lado, aunque a los entierros y a los pésames también me llevaban mi madre y mi tía. Supongo que ir acompañado de un niño a esos sitios equilibra las emociones y da esperanza. Conocí temprano el ambiente que se respiraba en los sepelios, donde se recordaban vivencias y la gente se reencontraba después de muchos años sin verse o se contaban anécdotas del fallecido sin que faltaran las ocurrencias y el humor en los momentos más relajados. También era una oportunidad, que no se debía de desaprovechar, para beber vino. Así conocí cómo era el silencio en la casa de un torero jerezano, Manuel Leyton “El Coli” que murió, en el acto, de una cornada en la Plaza de Toros de la Ventas de Madrid. Mi tía me llevó a dar el pésame y nos recibió su hermana que se encontraba sola en la casa. Recuerdo su pelo perfecto recogido en un "roete", la ropa conjuntada de negro y la cadena de oro con la imagen de una virgen; la transparencia de los ventanales, el marco de plata con la foto sonriente del torero que estaba sobre la cómoda, la pulcritud de las losas de mosaico hidráulico y el color verde intenso y brillante de las hojas de las pilistras.

Un día se produjo la emoción y comencé a percibir el cante. Sucedió un viernes santo en la Casa del Olivo.Unas horas antes, como hacía su recorrido de madrugada, se había recogido en su Ermita de La Plazuela una de las imágenes más singulares del Barrio de San Miguel, la Virgen de la  Esperanza de la Yedra.  Ésta casa tenía un patio tapizado de pequeñas piedras de río, era espacioso y abierto al cielo azul del día, donde reinaba un olivo. Además, la casa tenía otra peculiaridad por la que era también conocida: El Cristo de Porrones. Se trataba de un crucificado de tamaño considerable que uno de los vecinos, de sobrenombre Porrones,  tenía en el interior de su vivienda. Era costumbre que ese día, de viernes santo, se citaran en la casa del olivo amigos y vecinos para cantar y convivir en un ambiente en el que se combinaba la espiritualidad y la alegría; siempre unidas. En aquella casa había elementos de conjuro y de misticismo, que pertenecían a los secretos con los que la naturaleza administra la religiosidad humana con la aprobación de la existencia de un ser supremo inmerso en su cultura, dentro de un orden no establecido por la jerarquía de los hombres. Allí se cantaban saetas y otros palos hondos que eran siempre rematados, con la misma trascendencia, con las bulerías. No le conviene al alma marcharse triste porque el ánimo se seca. 

jueves, 25 de noviembre de 2010

1985 Cuba - Capítulo XXXVIII


Mi abuelo compró una casa, a final de los años cuarenta, al lado de donde vivía cuando le ocurrió lo de 1936. La casa la habitaban en régimen de alquiler ocho familias más, como era lo habitual en aquellos años en los que se compartían los hornillos de carbón, los lavaderos y las azoteas. En aquella casa también tuvo su parte mi padre y su hermana cuando se casaron. Allí nací yo y también todos mis hermanos. Uno de los vecinos que vivía en dos habitaciones con su mujer y dos hijos, lo recuerdo vagamente porque murió siendo yo muy chico, era una persona que casi no hablaba con nadie, pero que a los niños, cuando se cruzaba con alguno, siempre los nombraba por su nombre en diminutivo sin decirle nada más: Pepito, Juanito… Los vecinos cuando hablaban de él se compadecían con voz desconsolada, guardándole mucho respeto, por la experiencia que este hombre tuvo que afrontar años atrás. Trabajaba de chofer con una camioneta, que no era de su propiedad, y cuando saltó el Movimiento tuvo que realizar muchos traslados con los fusilados; víctimas del desorden y de la brutalidad. Eran buenos vecinos, pero reservados; parecía que llevaban una vida quebrantada, como si sobre ellos hubiera recaído el duelo de todas aquellas victimas que el padre tuvo que transportar. A final de los años setenta coincidí con uno de sus hijos. Había trabajado unos años en Inglaterra y de vuelta a España consiguió un puesto en un departamento de la empresa donde yo trabajaba. Era una persona formal, algo más que cumplidora de sus obligaciones, y tenía una caligrafía muy original y bonita. Lo traté a diario durante más de veinte años y era una de esas personas a las que he podido identificar, con el paso del tiempo, como buena. De vez en cuando se irritaba con algunas de las cosas que le pasaban, pero entonces para compensarse, solía soltar unos tacos muy genuinos de elaboración propia, que eran seguidamente superados por un noble y perseverante espíritu con el que siempre afrontaba la adversidad. Era divertido fuera del trabajo, no era ajeno a nada y no era creyente, pero tenía en la cabeza algunas pequeñas cosas importantes, y asumido en el corazón una condición delicada y generosa; exenta de cualquiera de las formas de las que se puede revestir la malevolencia.

Nos anunciaron que el avión se retrasaría unos cuarenta minutos y pronto despegaríamos hacia nuestro destino. Nos sentamos en los bancos de la sala de espera y Germán dijo: Tenemos tiempo para hablar un rato, cuéntame lo de tu experiencia institucional. Tiene que ver con mi tío, le dije. Pero, primero te tengo que contar una anécdota suya, porque siempre que lo menciono me acuerdo de ella, y me gusta contarla. Se marchó a Francia después de casarse, estuvo unos años y volvió a Madrid donde trabajó mucho tiempo antes de volver a París. Conducir no era una actividad que le gustara especialmente, pero como obtuvo el carnet de conducir en Francia cuando estuvo la primera vez; la antigüedad era un buen aval para suponerle una gran experiencia al volante y no tenía dificultad para encontrar trabajo. Allí trabajó de chofer y ayuda para un Conde. El Conde ya era mayor, soltero, y salía poco, por lo que no tenía que conducir demasiado. Un día de invierno lo llevó a la casa de campo, a las afueras de París, en un vetusto Rolls Royce. Hacía las cosas que no le entusiasmaban con premura, como si temiera que la vida fuera a jugársela de nuevo sin margen alguno. Cuando caminaba parecía que corría, comía rápido y dormía la siesta en pijama. Las comidas o las cenas de diario eran un preámbulo para enseguida guarecerse y volver a reencontrarse. Vivió con interés y con conocimiento de todo lo que le gustaba. De joven fue mozo de espadas de Rafael de Paula, cuando el genial matador comenzaba de novillero, y hacía un cante de Cádiz con un ángel grande, cuando decía… Y mi pare no me quiere/Y mi mare no me quiere/Y a mí no me quiere naide. Lo cantaba con una gracia que hacía estallar los hechizos; como decimos nosotros: para tirarse al suelo. Era primo de mi padre, y su familia vivía en la misma calle donde fueron a buscar a mi abuelo. Ambos sentían el cante hondo con amplitud, y eran largos y profundos. Agujetas El Viejo fue un gran creador e iniciador de una saga de cantaores gitanos puros. Tuve la experiencia de conocerle en el bar Los tres Reyes, un lugar de encuentro de comerciantes y pescaderos, muy próximo a la Plaza de Abastos. Aquel día, mi padre le escuchaba cantar, serían las cuatro de la tarde, y salvo el dueño y yo no había nadie más en el bar. No sé por qué, pero yo estaba allí con mi padre. Aquel hombre más que cantar decía cosas que yo no entendía. La melodía del cante la llevaba dentro la palabra, los ritmos eran discontinuos, pausados y  acallados. Muy difícil de entender, y más para un niño. Mi padre me dijo: Escucha esto, este hombre es un genio, dice unas cosas… Yo me daba cuenta cómo le llegaban aquellas palabras, como si le estuvieran rompiendo por dentro, cuando me decía… ¡Acuérdate!  ¡Escucha!

Aquel día cayó una gran nevada y el coche se atascó camino de la casa de campo. Los que le conocíamos podíamos imaginarlo dándole marcha al coche hacia delante y hacia atrás girando el volante hacia un lado y hacia el otro, bajándose y subiéndose una y otra vez repitiendo las maniobras con voluntad, pero sin salir del atolladero, y el coche cada vez más afianzado en la nieve. Ya fatigado y sin la posibilidad de poder pedirle ayuda a nadie, se le iría incrementando la inquietud al no lograr desatascarlo. Al ver el Conde, que no conseguía sacarlo de allí, le dijo: “¡Francisco, la pala!, ¡Coja usted la pala!”. Y mi tío, que ya estaría descompuesto, le dijo: “¿La pala?, ¡la pala la va a coger usted, con los huevos si quiere, monsieur!” Cogió la bufanda y se fue andando, como él solía hacerlo, dejando al Conde dentro del coche a mitad de camino. -Germán se partía de la risa-. Entró en la primera casa que encontró y llamó por teléfono para que fueran a rescatar al Conde. Menos mal,  porque si lo hubiera dejado a su suerte habría corrido el riesgo de congelarse. Esta anécdota, él no solía contarla, pero cuando lo hacía no la consideraba una experiencia graciosa o de la que se sintiera orgulloso, ni mucho menos, porque el gesto de la pala para él superaba cualquier consideración. Al margen de convencionalismos y de sus propios intereses, porque como es lógico no volvió a trabajar para el Conde. Aquel plante se debió a un impulso inevitable porque andaba sobrado de argumentos y sólo él sabía como interpretarlos. Su padre fue cocinero y, es difícil que siendo cocinero le hubiera hecho daño a nadie o que incluso fuera un revolucionario, estaba bien considerado y era querido por todo el mundo, pero un día también fueron a buscarlo porque estaba afiliado a un sindicato. Fue alertado por un vecino de que estaban haciendo detenciones en otras casas próximas y corrió a esconderse. El lugar que encontró más idóneo para hacerlo fue en los lavaderos de uno de los dos patios que tenía la casa y se ocultó como pudo debajo de una pila de las de entonces. Cuando llegaron, preguntaron por él y entraron en la vivienda. Al ver que no se encontraba allí interrogaron a su mujer. Ella les dijo que no estaba, que no había venido. Entonces dijeron que sabían que estaba allí y comenzaron a interrogar uno a uno a todos los vecinos. El miedo lo delató. Se lo llevaron y nunca volvió. La familia la componían cuatro hermanos y él era el más pequeño, tendría dos o tres años cuando ocurrió aquello; unos meses más tarde murió la madre.

Sabía de cante y conocía las glorias y desventuras de los artistas que ya eran grandes en los años cincuenta y de los que comenzaban a serlo, porque trabajó en Madrid en Los Canasteros, el tablao flamenco de Manolo Caracol, durante su época más gloriosa. En Madrid fue un referente para muchos amigos, conocidos o recomendados que llegaban a la capital por primera vez. Y le consiguió la penicilina a un amigo jerezano que cumplía condena, como preso político, en Carabanchel. Una vez le pegunté, Tito: ¿Quiénes era los rojos? Y el me respondió apasionado: ¡Que no eran los rojos!, ¡que eran republicanos! No quiso decir nada más ni yo le insistí porque se me encogió el corazón con aquella respuesta tan sentida y categórica. Aquello fue todo. Entonces no entendí nada, pero fue suficiente para tener la certeza de que “los rojos” no podían ser los malos y que había más cosas que debía descubrir por mi cuenta. -Germán dijo: Para que a uno se le graben las cosas no son necesarias muchas palabras, tiene más que ver cómo se dicen y la carga de verdad que llevan-. Pues, esa fue la segunda parte de mi referencia política a la que yo califico como institucional, Germán.

jueves, 18 de noviembre de 2010

1985 Cuba - Capítulo XXXVII


Aquellas palabras no iban acompañadas de una entonación de la que se podía  derivar un estado de ánimo concreto. No mostraban irritación, cansancio, frustración, rebeldía o impaciencia, pero eran certeras. No eran estridentes, eran templadas como los primeros rayos de sol y venían de un lugar que no era propiedad exclusiva de la mente ni del corazón; vendrían de ese recóndito lugar donde los seres humanos elaboran la persuasión. Y eso conmueve. Nadie más escuchó aquellas palabras salvo el joven cubano, muy despierto, que nos acompañaba y que también pudo oírle: No hagáis caso de éste muchacho, se busca la vida con esto. En aquel momento no tuve capacidad de reacción y continué participando de la velada como si nada hubiera ocurrido, pero el joven muchacho se quitó rápidamente de en medio y no volvimos a verlo.

Seguimos disfrutando de la noche más cubana y emotiva que habíamos tenido desde nuestra llegada. Cuando los músicos terminaron su  actuación, una gran parte del público se marchó y nosotros nos quedamos, todavía un poco más, apurando los vasitos de ron y la música que quedó aromatizando el ambiente. Poco después, los músicos continuaron, cada uno por su cuenta, haciendo acordes o cantándoles bajito a un grupo de mujeres maduras de piel blanca intachable; con ojos claros, en su mayoría, y formas anglosajonas que ya habían olvidado. ¿Qué tiene lo latino? Aquellas mujeres estaban rendidas al calor de los músicos: hombres que no eran corpulentos pero eran poderosos, que tenían la barba cerrada y los ojos muy brillantes. Estaban entregadas a la longitud del tiempo, abrazadas a sus sentimientos más íntimos, a los vacíos, a luz de las bombillas. Se les notaba que querían permanecer allí, en aquel país, y no volver a tener que protegerse del frío clima del norte.

Alguien de nuestro grupo preguntó si habíamos olvidado que dentro de unas horas íbamos a salir para La Habana y teníamos que tenerlo todo preparado. Así que despertamos y nos marchamos de regreso al hotel saboreando lo vivido aquella noche en Santiago de Cuba. –No te creas nada, hombre, yo en cuanto pueda me voy de aquí-. Me guardé aquellas palabras y no las compartí con nadie. Cuando llegamos al hotel nos despedimos y nos fuimos derechos a nuestras habitaciones. Por la mañana, dentro del autobús que nos llevaba al aeropuerto, los compañeros que la noche anterior se habían quedado en el hotel hacían comentarios expectantes sobre la vuelta a La Habana, y nos hacían preguntas sobre cómo lo habíamos pasado. Les respondimos, con caras de cansados complacidos, que disfrutamos de una noche extraordinaria. Cuando llegamos al aeropuerto, mientras esperábamos el avión, retomé con Germán la conversación que interrumpimos el día anterior. Me preguntó cómo había vivido aquella experiencia en las calles de Santiago y le respondí que había alucinado. Él me dijo que también, y que se había conciliado con lo que esperaba encontrarse en Cuba. No le conté nada de lo que dijo el mulato, le comenté que para mí también fue una gran experiencia. Germán estaba contento y decía que algún día se reorganizaría el mundo y prevalecería el bien común. Entonces me volvió a peguntar si yo creía que aquél hombre que lo paró por la calle con la cartera llena de documentos, que llevaba para quemarlos, era un buen tipo. -Germán era perseverante- Yo le respondí que seguramente lo sería, pero que a ciencia cierta no podía saberlo. Lo cierto sería, que le habrían hecho más de una putada y decidió jugársela definitivamente a quien fuera. Entonces no le dije, porque aún no había vivido lo suficiente, que la gente que es buena de verdad, lo es siempre hasta el final, a pesar de ella misma, a pesar de los demás; los que se regodean en su propia ignorancia cuando creen que la gente que es así también es tonta, y creen que pueden impunemente pasar por encima. Aunque lo consigan, aunque tengan éxito se traicionan; quizás no lo sepan, pero cuando menos lo esperen pueden llegar a saberlo. Hay una ley que no siempre se cumple, pero hay una ley para eso.

jueves, 11 de noviembre de 2010

1985 Cuba - Capítulo XXXVI



Cuando entraron en el bar se acercaron, exteriorizando la necesidad de tomar algo fresco, a la mesa donde estábamos nosotros. También les acompañaban algunos compañeros que, seguramente no pudiendo resistir la espera, salieron a su encuentro haciéndose los encontradizos. Le preguntamos a nuestras respectivas parejas cómo lo habían pasado y llamamos al camarero. Estaban contentas y manifestaban su satisfacción por el rato tan bueno que habían pasado recorriendo la ciudad conversando, y también por lo que se habían reído con las ocurrencias de unas y otras. Lina, que también expresó su satisfacción por la tarde que había compartido con ellas, apuntó lanzándoles una mirada de complicidad, y en tono socarrón, que había disfrutado mucho con los temas de conversación que no se suelen abordar en presencia de los varones. Y a continuación, dijo…, bueno, ya sabéis que mañana partiremos para La Habana; esta noche no me quedaré para la cena porque quiero aprovechar, ya que estoy aquí, para visitar a unos amigos y me quedaré a cenar con ellos en su casa. Así que espero que disfrutéis las horas que os quedan en Santiago. Yo, ya me tengo que marchar, mañana nos vemos. Lina se había ganado la simpatía y la confianza de todos. Le dimos las gracias y, después de terminar con los refrescos, nos fuimos dispersando con nuestras respectivas parejas hasta la hora de la cena. Por la noche, nos agrupamos de nuevo los que habitualmente solíamos salir juntos, más un par de parejas que se habían sumado a nosotros, y nos fuimos al centro de Santiago donde nos sorprendió la extensa variedad de representaciones y actos culturales que allí se celebraban en los patios de las casas. Donde se podían escuchar a cantautores de la nova trova cubana, boleros, a poetas recitando, música clásica interpretada por una pianista en un sitio o por un violinista en otro, conferenciantes y obras de teatro; recuerdo que nos llamó mucho la atención que, en uno de aquellos patios, se estuviera representando a Don Juan Tenorio. Aquella noche nos sentimos envueltos en un escenario idílico. Podría ser que todo estuviera organizado, como una puesta en escena, para que los visitantes tuvieran la certeza de que la revolución cubana cumplía con sus postulados, o que simplemente se tratara de una extensa programación cultural sin mayor trascendencia. Cualquiera de las dos opciones era posible. El caso es que si se quería creer en que otro mundo es posible, aquello lo facilitaba mucho, y, todo no tenía por qué ser mentira y tampoco verdad. 

La cultura, en todas sus manifestaciones, ejercía en casi todos nosotros una influencia determinante. No había transcurrido mucho tiempo desde el fin de la dictadura en España, y, después de pasar toda la vida encorsetados a los dogmas y las directrices del Régimen, la avidez por la cultura popular seguía siendo un soporte revelador de la necesidad que teníamos de disfrutar del conocimiento y de las artes en libertad. La negación del slogan “La letra con sangre entra” había sido asumido, de forma incontestable, por casi todas las sensibilidades en nuestro País. Y aquella vieja idea de “Educar para ser libres” era consustancial con la esperanza con la vivíamos el proceso de cambio hacia una democracia; salvando a aquellos que veían como se les había desvanecido definitivamente, después del intento de golpe de estado de 1983, la España de los sables y las sotanas. Los autores prohibidos, la sexualidad, el teatro, el cine, la canción protesta -que ya estaba comenzando a declinar-, la reivindicación del pasado musulmán, la poesía árabe, el rock andaluz, los porros, los libros de Carlos Castaneda o de Hermann Hesse, formaban parte de nuestra revolución afectiva. Más hondo, como un sustento en brasas, vivían en nosotros nuestros poetas vivos, los que habían muerto en el exilio y Federico García Lorca. Paco Ibáñez o Juan Manuel Serrat. Todo eso duró hasta que el crecimiento económico y el consumo terminaron ahogando los fervores y los ideales. Pero hubo más cosas: los pactos para sacar adelante el país, las reivindicaciones salariales, el nacionalismo radical con sus muertes, la reconversión industrial; los empresarios y los trabajadores todavía eran enemigos por falta de perspectiva en ambos casos; la universalidad de la sanidad y la educación. El país estaba vivo, excitado y anhelante, aún coleaban las ideologías y había un marco sólido de actuación, con sus diferencias, que propiciaron los políticos de entonces.

Al comienzo del recorrido se había ofrecido a acompañarnos como guía un joven estudiante. No lo hizo ofreciendo sus servicios, sino que comenzó por entablar conversación después de observarnos y escuchar  los comentarios favorables que hacíamos sobre lo que, en aquellas calles, nos habíamos encontrado por sorpresa. Al darse cuenta de que nosotros asumíamos todo lo que nos decía, se sintió muy motivado porque pensaría que podría obtener alguna recompensa. Estuvo con nosotros casi toda la noche informándonos y hablando de los beneficios de la revolución. No se trataba de un dinamizador oficial sino de alguien que iba por su cuenta y, aunque lo hacía con cierto disimulo, se le notaba que estaba haciendo algo que no estaba autorizado. Fuimos entrando y saliendo de los patios de las casas coloniales, curioseando y consumiendo nuestro tiempo en lo que más nos gustaba, por lo que íbamos disgregándonos y volviéndonos a encontrar unos con otros durante toda la noche. Ya tarde, entramos en un patio donde se podían consumir bebidas y un grupo de tres cubanos cantaban boleros en un ambiente de terraza de verano de los años cincuenta. Ninguno de nosotros habíamos vivido anteriormente aquel ambiente, pero nos era muy familiar de haberlo visto innumerables veces en las películas españolas; aunque no se bailaran pasodobles.  Disfrutábamos de la velada como se suele hacer en este tipo de sitios, de pie escuchando la música de fondo, hablando entre nosotros y con el joven que nos acompañaba; cuando de repente alguien que estaba muy próximo detrás de mí, sin esperarlo, me dijo algo que me dejó desconcertado. Sonaban los boleros en aquel conocido e íntimo lugar. Y recreados en el  ambiente nocturno, entre el numeroso público cubano y extranjero se prodigaban, sin ostentación, las miradas y los besos entre las parejas de recién casados, demostrándose el compromiso y la ilusión en aquél transito hacia una nueva vida en común. Se tatareaba a la par de los músicos, se hacían movimientos con las manos siguiendo las propias sensaciones o se cantaba para uno mismo; al calor de la noche, de la música y las letras de las canciones. -No te creas nada, hombre, yo en cuanto pueda me voy de aquí-. Inmediatamente, giré la cabeza y medio cuerpo hacia atrás para descubrir de dónde venían aquellas palabras. Podría haber dicho: No-te-creas-nada ¡hombre! Yo -en cuanto pueda -me voy -de aquí. También podría haberse expresado así: ¡No te creas nada hombre!, ¡Yo en cuanto pueda me voy de aquí! Podría haberlo dicho de mil formas, pero lo que dijo fue: No te creas nada, hombre, yo en cuanto pueda me voy de aquí. Lo miré unos segundos a la cara y al girar de nuevo la cabeza hacia delante, bajé la mirada recorriendo su fisonomía. Era un mulato que, con los brazos cruzados, estaba dejado caer de medio lado sobre la pared. No era un policía, que nunca veíamos, no era un campesino ni tenía aspecto de ser un trabajador manual; vestía con ropa sencilla, como todo el mundo, pero cuidada. Estaba allí escuchando cantar boleros y no pretendía convencer a nadie. 

jueves, 4 de noviembre de 2010

1985 Cuba - Capítulo XXXV


No había mucha gente en la Plaza porque aquel era un lugar de paso, así que lo pude ver con claridad acercándose despacio hacia donde yo permanecía inmóvil. Pasó por mi lado lentamente, a unos escasos dos metros, y pude verle muy bien las gafas de sol con la montura de oro que resaltaba entre las demás tonalidades de colores oscuros y brillantes. Aquel hombre era Franco: sentado, hierático, implacable, temible. ¿Pero realmente sería él? Porque también se decía que tenía un doble y dentro del coche era comprensible que ese papel lo pudiera hacer cualquiera preparado para ello. Eso me preguntaría más tarde. – ¿Por qué no? Siempre se dice eso de los dictadores, les debe de venir muy bien para todo-, dijo Germán. Seguro que era él, le respondí.

En la Plaza del Arenal hay un formidable grupo escultórico de Mariano Benlliure dedicado al General Miguel Primo de Rivera. -Benlliure era un escultor extraordinario yo es que, dentro de las artes, soy muy aficionado a la escultura. ¿Sabes tú que eres taurino que él empezó muy joven reproduciendo las suertes del toreo?-. No lo sabía. –El monumento a Joselito el Gallo que está en el cementerio de San Fernando de Sevilla es suyo. Tengo una anécdota que no es muy conocida de la Guerra Civil. Durante el asedio a Madrid visitaron al escultor en su casa los generales Miaja y Rojo. Y a Rojo le regaló el maestro, supongo que también lo haría con Miaja, un pequeño busto de Goya que llevó siempre consigo como un bien muy preciado; que desde luego lo era. Me lo contó mi padre que también trabaja tallando la madera-.De Goya precisamente. -Sí, de Goya precisamente-. 

Primo de Rivera nació muy cerca de donde se encuentra su monumento ecuestre. En una casa donde hoy está el Conservatorio de Música. Y me pregunto qué sentiría Franco al verle de frente. O qué pensaría al pasar por su lado sobresaliéndole el monumento muy por encima de la carrocería del coche. Tuvo que haberlo visto, ¿lo miraría?, ¿o simplemente pasó sin que le llamara la atención, ni le viniera a la mente ningún acontecimiento histórico? -¿Crees que Franco pensaría en eso?- No lo sé, porque tonto para sus cosas no era. -Primo de Rivera cuando dio el Golpe de Estado en 1923 siendo Capitán General de Cataluña, en principio lo hizo con el respaldo de todas las unidades militares, apoyo que Franco había conseguido muy parcialmente. Sólo se sublevó un capitán general, de los ocho que mandaban las regiones militares, y los seis generales de la Guardia Civil se mantuvieron leales a la legalidad constitucional. A lo que tuvieron que hacerle frente matando a casi veinte jefes generales; compañeros de armas. Al general Domingo Batet, lo tenía especialmente entre ceja y ceja, lo mandó fusilar en frío en 1937. Al general Batet le debía Franco el informe que presentó sobre  los militares africanistas con motivo del Desastre de Annual. En el que Batet, que era el juez instructor, se mostraba escandalizado e indignado por el grado de corrupción económica y moral que habían alcanzado los oficiales y jefes destinados en Marruecos. En ese informe, Franco no disfrutaba de muy buena nota-. Me pregunto si llegaría a sentir algún remordimiento, porque lagunas tenía en su vida militar. -Lagunas, como el Lago Victoria, pero las cegaría con indiferencia y mucho incienso. Al fin y al cabo,  Primo de Rivera dio el golpe de estado con el apoyo de Alfonso XIII, lo que aceleró el comienzo del fin de la Monarquía, y también contó, a pesar de que fue muy beligerante contra la clase política, con el apoyo a sus reformas y a las inversiones públicas con políticos relevantes, entre los que se encontraba Indalecio Prieto-. Te lo sabes todo, Germán.

 –Sí, me entusiasma todo lo relacionado con la República Española y la Guerra Civil-. A mí también me absorbe. Además de los contenidos políticos y sociales,  supongo que tienen mucho que ver las prohibiciones y la negación de los valores republicanos con los que pretendieron educarnos. Supongo que a ti también te pasa, lo que mí, que los símbolos republicanos tienen un gran poder de atracción y de seducción que suscitan una mezcla de ilusiones, de expectativas, de justicia, de idealismo, de imágenes, de olores, de sabores y también de pérdida, que ejercen un poder hechizante; una concentración de sustancias como las que conforman los sueños. – No había pensado en eso, pero ya que lo dices. Creo que es una apreciación que hemos idealizado y que llevamos adherida a nuestra historia sentimental-. Efectivamente, por eso fíjate que, aunque aceptamos por razones más que sobradas, y de buen agrado al menos por mi parte, los símbolos de la Monarquía Parlamentaria, éstos no traspasan mucho más allá el umbral del respeto y el acatamiento. También de gratitud. Y, pensándolo bien, creo que nos viene muy bien a todos que sea así, que tengamos sentimientos y compromisos ajenos a las pasiones. –Creo que entiendo lo que dices, pero yo me sigo sintiendo republicano y me gustaría que la tricolor ondeara en el Ministerio de Hacienda; por elegir un sitio que a casi nadie le emociona, dijo Germán.- Pues, me parece que la has colocado en el lugar idóneo para ratificarme en lo que quería decir. 

Germán se quedó pensativo, buscándole el sentido a lo que yo había dicho, y lo tenía difícil, porque lo que dije era una consecuencia de un impulso intuitivo y no respondía a un argumento del todo claro. Yo sabía lo que quería decir, pero lo sabía para mí y me llevaría tiempo explicarlo. Así, que volví a retomar lo que veníamos hablando sobre la visita de Franco y le pregunté: ¿Crees que  Franco pensaría que ese General que le daba la bienvenida a la ciudad fue un blando?, ¿qué debería de haber hecho lo que él hizo?, ¿pensaría que él era mejor militar?, o pensaría… Éste no lo hizo bien -Yo creo que a Franco todo eso le daba lo mismo. Supongo que pensaría que él estaba predestinado para salvar a España y que tenía a Dios de su parte. Además, contó con la ayuda del Vaticano, con Alemania, con Italia y con la banca que es de lo más importante para todo, y los de Portugal tampoco fueron mancos. O sea, que, tenía garantizada la salvación. –Por supuesto. ¡Como para calentarse la cabeza con Primo de Rivera!  Me pica la curiosidad por saber la segunda parte de tu experiencia, la que identificas como Institucional-. Pues, me parece que vamos a tener que dejarlo para otro momento Germán. Porque ahí viene ya Lina a la cabeza de la expedición.


jueves, 28 de octubre de 2010

1985 Cuba - Capítulo XXXIV



Es un poco largo de contar porque uno de los gritos, el que califico de carácter social, tiene que ver con la visita que hizo Franco a Jerez en 1970 para inaugurar la Plaza del Caballo. Donde se había instalado un monumento en el que dos caballos cartujanos desnudos se manifestaban con brío en libertad; una inocente alegoría que podría haber dado lugar a malos entendidos, en otro sitio, pero que al tratarse de Jerez, no creo que nadie dudara lo más mínimo. Aunque Franco ya estuvo oficialmente en Jerez en 1943, -Entonces todavía estaría la sangre demasiado fresca-, me parece que aquella visita sería el acontecimiento más importante que tuvo la ciudad desde la que hizo en 1925 Alfonso XIII. Ese día de la inauguración lo dieron de vacaciones en los colegios no para ir a ver el monumento, que ya tendríamos tiempo de verlo, sino para que fuéramos a ver a Franco; yo tenía entonces doce años. Sabía que Franco era Franco porque en las clases de Educación del Espíritu Nacional que nos daban en el colegio hablaban de él, de España, de la Falange y de lo malos que eran los rojos, pero, sería porque el profesor se empecinaba en distraerme constantemente con los movimientos del bigote o porque me hipnotizaba el resplandor del  pisa corbatas por lo que su espíritu, aunque lo sentía muy cerca, no llegó a poseerme. Sin embargo sí tenía asimilado, de habérselo escuchado a un vecino, que si Franco moría habría una guerra. Con lo cual, todo se enmarcaba en un ambiente muy reservado en torno a su figura. Y era inevitable por otra parte, porque todo el que lo nombraba se ponía muy serio. No recuerdo mucho de los prolegómenos de aquellos días, salvo que venía Franco a Jerez y que ese día no teníamos colegio; que era alguien más importante que nada y que nadie; y que si moría habría otra guerra. Lo peor era lo de la guerra, que me hacía sentir frío en el estómago, debido a la carga tan dramática que manifestó la persona a quién se lo había escuchado. Pero el día anterior sí lo recuerdo, sobre todo la tarde noche. No había casi nadie en la calle, era como si hubieran anunciado por la radio la llegada de un visitante extraño y le hubieran proporcionado instrucciones a la gente para que permanecieran acuarteladas en sus casas en previsión de lo que pudiera pasar. Parecía como si todo el mundo se hubiera puesto de luto. La iluminación de las calles no era como la que tenemos hoy, y en silencio, sin gente, todo parecía más sombrío que de costumbre.

Yo vivía muy cerca de un gran palacio del siglo SVIII convertido en cuartel de la Guardia Civil. Muy poca gente tendría noticias, en aquel tiempo, de que aquél palacio había albergado una de las bibliotecas privadas más importantes del País. Llegó a alcanzar la cifra de once mil volúmenes. –Un gran patrimonio. El propietario sería un personaje muy ilustrado, dijo Germán-. Sí, debió de serlo. El palacio era propiedad del Marqués de Villapanés, un gran bibliófilo y también una persona sensible con la cultura y el desarrollo de la ciudad. Fue el primer presidente de la Sociedad Económica de Amigos del País de Jerez.  Puso en funcionamiento telares y clases públicas en el palacio, y también mantenía abierta la biblioteca a todo el que estuviera interesado en utilizarla para su ilustración. Cuando las tropas francesas ocuparon la ciudad en 1810,  él se estableció en Cádiz y allí se enteró del saqueo del palacio por los franceses. – ¿Se llevaron la biblioteca?-. Supongo que no se llevarían muchos libros; le echarían mano a otras cosas de valor. En Cádiz tuvo sus más y sus menos con los liberales de la época, porque era el director del periódico conservador más influyente que había en la  provincia y, en aquel ambiente tan agitado políticamente, parece ser que no salió muy bien parado. Cuando se fueron los franceses volvió a Jerez y continuó engrandeciendo la biblioteca; que lamentablemente ya no existe. – ¿No?, ¿qué ocurrió?-. Ocurrió algo insólito. Dejó escrito en el testamento su traslado a Génova, donde se establecerían sus  herederos, después de su muerte. Aquella decisión tan extravagante conmovió a la ciudad. -Supongo que se sentiría reñido con el País-. Seguramente, porque después de la marcha de los franceses la vuelta de Fernando VII no fue precisamente lo mejor que nos ha ocurrido a los españoles. Me intriga lo que le pasaría por la cabeza al Marqués. -Es una pena, la estarán disfrutando los genoveses-  Si fuera eso, pero el caso es que el barco que llevaba una parte importante de la herencia se hundió antes de llegar al puerto de Génova, y con él zozobró la biblioteca. Ni para los jerezanos ni para los genoveses. Así que aquel palacio, con el tiempo, terminó convertido en un cuartel sin biblioteca y sin vestigio alguno de ilustración. Su destino fue otro muy distinto, y, ya te puedes imaginar lo que imponía.

Aquel día había en el cuartel más tráfico de lo habitual, y se podía apreciar el transito de guardias que iban y venían a caballo de los relevos. Por la tarde, los niños fuimos reclamados pronto para que dejáramos de jugar en la calle y nos recogiéramos en las casas; era final de Octubre y la oscuridad se hacía pronto. Por la noche, antes de irnos los hermanos a dormir… No sé realmente cómo fue porque lo que recuerdo era que estábamos todos en la cama de mis padres y lo normal era que ellos se acostaran después de nosotros. Es decir, que aquel día debieron de meterse en la cama muy pronto y nosotros todavía estábamos con ganas de seguir el día. No recuerdo nada de lo que hablaban, pero supongo que tendría que tener relación con aquella visita. En un momento dado, me sobrecogí al escuchar a mí a padre decir, en voz alta, unas palabras que nunca antes le había oído: ¡Ese es un asesino! Y es que, de niño, le ocurrió algo muy serio que alteró de forma trascendente su vida ordinaria y aquello le marcaría para siempre. Aunque no fue eso lo que pensé en ese momento, porque con esa edad no se identifican los sentimientos, sólo se asumen. -¿Habían matado a su padre?-, preguntó Germán.

No, no llegaron a matarlo. Mi abuelo tenía un taller de tonelería y había pertenecido al antiguo gremio de toneleros. En los primeros días del Levantamiento, ya era mayor estaba cerca de los cuarenta años, fueron una noche a buscarlo. Mis abuelos ocupaban una parte de la casa donde vivían con el propietario, que era de origen gallego, y su familia. Ellos tenían, en la planta baja, una tienda de ultramarinos. Cuando llamaron a la puerta fue su vecino quien abrió y recibió la noticia de que venían preguntando por él. Entraron y desde el patio llamaron a mi abuelo a presentarse porque traían la orden de detenerlo. Entonces el dueño de la casa dio la cara por él, como se decía entonces, defendiendo su inocencia y asumiendo toda la responsabilidad. Este hombre con el que mi abuelo no mantenía una relación de amistad, pero sí de buena convivencia entre familias, conocía al jefe de los que se presentaron aquella noche porque creo que compartía afinidad política. Aún así le costó evitar entre voces y una gran resistencia, la determinación que traían los falangistas; consiguiendo al final que no se lo llevaran salvándole así la vida. Aquella misma noche mi abuela, que estaba embarazada, abortó.

Mi madre, como todas las madres siempre están alertas y dispuestas a reaccionar cuando el peligro acosa su instinto de protección, cuando oyó a mi padre gritar dijo: ¡Cállate, chiquillo! dando un salto de la cama para asegurarse de que la ventana de la alcoba estaba bien cerrada. Ella sí había perdido a su padre. Seguidamente, nos levantó de su cama y nos acompañó a las nuestras. Tapándonos uno a uno, y dándonos un beso, nos deseó que tuviéramos buenas noches. –Era lo normal, dijo Germán, mi madre también ha sido siempre la más callada y prudente a la hora de recordar esos asuntos-. Me contó una vez mi padre, ya finalizada la guerra, la indignación que tuvo que soportar mi abuelo cuando un día se presentó en el taller un hombre para recogerlo en coche de caballos, con la intención de llevarle a su bodega para encargarle unos trabajos. Teniendo que cruzar la ciudad sentado a su lado. Ese hombre era el mismo que fue a buscarlo aquella noche para matarlo. –Debió de aguantar lo suyo-. Imagínate, todavía era demasiado pronto, como para hacerle un extraño.

Al día siguiente por la mañana, siguiendo la inercia del acontecimiento, me fui a la Plaza de Arenal para ver en persona al General Franco. -¿Y lo vistes de cerca? preguntó Germán.-  Sí, lo puede ver de cerca. A Jerez solía ir con cierta asiduidad para cazar en las fincas de la zona, entonces se sabía que andaba por allí por las personas a las que detenían durante unos días. Franco venía de Cádiz y bajó por la calle Armas, principal acceso a la ciudad siguiendo la parte exterior de la antigua muralla almohade; desembocando en la Plaza del Arenal donde yo me encontraba. Lo vi llegar de frente dentro de un majestuoso Rolls Royce negro, sobre el que habíamos hablado entre los niños, que era un coche blindado. Lo del blindado yo lo entendía como que le podían salir ametralladoras de los guardabarros, pudiéndose convertir en un acorazado, en el caso de que alguien le atacara. Por lo que al ver el coche lo primero que pensé fue en eso y en moverme lo menos posible. 

jueves, 21 de octubre de 2010

1985 Cuba - Capítulo XXXIII


Pedimos otro mojito, y después de que nos lo sirvieran, nos quedamos un rato en silencio pensando cada uno en sus cosas. Transcurrido aquel paréntesis, me preguntó Germán: ¿Tú sabes lo que significa ser un bolonio perfecto? –Qué pregunta, Germán. Pues, no. Todos hacemos el bolo en más de una ocasión. ¿Pero perfecto? No lo sé. Será serlo todo el tiempo o de forma sublime, ¿por qué lo preguntas?-. Porque en una ocasión me paró por la calle un señor muy bien trajeado, con una cartera de piel debajo del brazo, y me lanzó sin esperarme:” ¡Joven!, ¿usted sabe lo que significa ser un bolonio perfecto?”.  Por el acento, no era andaluz ni de Madrid, debía de ser de más arriba. –Seguro, porque esa palabra creo que no es de uso muy común, al menos por allí abajo-. Y a continuación dijo: ¡Es usted demasiado joven para saberlo!”,  “yo se lo diré: Un bolonio perfecto es aquél a quien siempre lo han creído gilipollas. Ahora mismo está usted hablando con uno. ¿Ve usted esta cartera que llevo aquí llena de documentos? Pues, los llevo para quemarlos. ¡Que no se le olvide, joven!” Y siguió su camino. –Andaría un poco fuera de sus casillas, ¿no?- Seguramente,  pero, ¿no tiene su puntito? -La verdad es que sí. De vez en cuando uno se encuentra con este tipo de personas que, en un momento dado, tienen una necesidad imperiosa de dejar testimonios a los desconocidos. Y me parece que en la mayoría de los casos, no lo hacen aleatoriamente sino que intuitivamente eligen a la persona adecuada. Creo que lo hacen con buena intención. Unas veces acertarán y otras no, pero creo que siempre suelen dejar huella. Me parece que en tu caso acertó-. Será el calor lo que me hace recordar súbitamente estas cosas tan raras. -El ron también influye, y la distancia Germán-.

Los cohíbas eran como árboles centenarios que se encuentran en su  plenitud: sólidos, galantes, imperturbables. Parecen hechos para ayudarte a permanecer con la mirada perdida, sin control del tiempo ni del espacio exterior. Lo sostienes encendido en la mano, consumiéndose sin parecerlo, hasta que le vas desprendiendo la ceniza que se resiste en caer. Crees que te lo estas fumando pero es él quien dirige, él conoce a quién lo tiene entre sus manos, es él quien te consume si no sabes ir a su paso.

-¿De dónde te viene el interés por la política?, ¿por ti mismo o tienes algún referente familiar?-, me preguntó Germán. –No. Un referente político claro en mi familia no tengo, tengo algunas referencias. En concreto mi primera experiencia, yo la llamaría político-militar, la tuve en el colegio cuando cantaba, bueno cantar es un decir porque siempre fui incapaz salvando el padre nuestro de aprenderme casi nada de memoria, el Cara al Sol y Montañas Nevadas; seguía la música y lo más pegadizo. ¡No me aprendí aquella canción de Roberto Carlos que se llamaba el gato que está triste y azul!, y mira que fue especial para mí aquella canción. Creo que fue la primera canción que me caló hondo de verdad, te puedes imaginar por qué; luego ya vinieron otras. Casi al mismo tiempo, sí tuve dos reseñas familiares que tienen que ver con dos gritos, así de contundente, con dos gritos literales: uno de carácter social y el otro institucional. -¡Coño!, qué encriptadas las tienes-. Sí, pero yo lo entendí todo muy bien. ¿Y a ti de dónde te viene, de tu familia?-. Bueno, en una parte muy importante, sí. Porque en Morón, al principio de la Guerra Civil, murieron casi todos los hombres de mi familia; que eran bastantes. Tanto por parte de mi padre como de mi madre. Coincidió que los dos tenían familiares que eran maestros y concejales. Morón es uno de los pueblos de la provincia de Sevilla donde se pasó más hambre, y murió gente por esta causa durante más tiempo, después de la guerra; si no el que más. –No fue suficiente con la guerra. Y para lo que vino después ya no quedan muchas palabras-. No quedan, no. Allí mantuvieron el control las fuerzas del Frente Popular durante una semana después del Alzamiento. Durante aquellos días que duró la resistencia, se libraron combates muy duros con las tropas que llegaron de Sevilla y en uno de los  enfrentamientos murió el Jefe de la Columna. Lo que motivó que enviaran rápidamente a casi medio ejército al mando del Comandante Castejón, y lo barrieron todo rápidamente. -¿Se llevarían por delante a medio pueblo, no Germán? -La represión fue salvaje. La resistencia a los fascistas había durado una semana y mataron a unos veintisiete sublevados que tenían detenidos por haber intentado hacerse con el control del pueblo. Entre ellos había falangistas, guardias civiles rebeldes y dos curas. -Los enterrarían con todos los honores-. Con todos los honores por supuesto, y llevaran más misas que la Catedral de Burgos. Dios los tendrá a buen recaudo. Pero, cuando entró Castejón en el pueblo, se cargaron a trescientas personas, la mayor parte de Paradas, un pueblecito muy cercano, dándose la paradoja de que allí precisamente no se había matado a nadie. Así que la inquietud política me tiene que venir de la intensidad de un dolor callado que me habrán transmitido mis padres. No somos concientes de casi nada por lo que tuvieron que pasar para sobrevivir y para sacarnos adelante, en buena medida porque se han guardado para sí lo indecible. –No les quedaban palabras Germán-. Y nosotros aquí de veraneo. Bueno, eso ya pasó, hay que desterrar el rencor, pero no se debe perder la memoria. Eso me enseñaron. Supongo que algún día, cuando todo se normalice, habrá que levantar casi media España para enterrar dignamente a tanta gente inocente, y si se cuelan algunos que no lo merezcan que sea Dios quien los escoja; que él sabrá hacerlo. Cuéntame eso de los gritos que me tienes intrigado. -¿Nos pedimos un cuba libre?-  Venga, el tropicola también entra bien.