domingo, 6 de febrero de 2011
Domingos azules
lunes, 31 de enero de 2011
Los réprobos
Escribe Vargas Llosa en El País "Los réprobos" sobre la decisión del Gobierno francés de suspender los actos del cincuenta aniversario de Louis Ferdinand Céline. Dice: "Céline fue, políticamente hablando, una escoria. Pero también un extraordinario escritor. Seguramente el más importante novelista francés del siglo XX después de Proust". Cerrando los ojos, en favor de la literatura, apostaría por que se celebrara el homenaje, pero abriéndolos diría que si no hubiera existido Céline, como persona, la literatura y la humanidad no lo hubiera echado de menos, y no habría nada que celebrar.
domingo, 30 de enero de 2011
sábado, 18 de diciembre de 2010
domingo, 12 de diciembre de 2010
1985 Cuba - Capítulo 40
El cante flamenco no es glamoroso como lo son otras manifestaciones artísticas, está revestido de un óxido azul que ni los directores de cine ni los escritores, hasta hoy, lo han representado o ideado en un formato adecuado a su dimensión sensorial: color, sabor, energía, entrañas. Sólo se han elaborado datos biográficos, reseñas o anécdotas; no se han contado vidas en su verdadera magnitud. Sigue siendo de otra época, de otro mundo, minoritario, errante, desclasado y a veces incompatible, salsero y desprendido; desgarrador e imposible. Está siendo descubierto por otras culturas y continuará evolucionando, pero aún se encuentra en la edad del fuego. Me hubiera gustado saber lo que podría pensar Stanley Kubrick, qué sería capaz de hacer, qué tipo de interiores pensaría; me hubiera interesado su opinión más que la de ningún otro.
Acompasado, sonriente, comenzó a cantar Luis de Pacote y cuando ya había avanzado el cante le siguió, con la expresión nítida y punzante de las cuerdas, Juan Morao. Como suele suceder, en este tipo de reuniones, el cante es libre y surge cuando el ambiente lo respalda y los sentimientos lo convocan. Aquel hombre cantaba con una fuerza contenida que iba administrando con serenidad. Había acordado, dentro de sí, que cada palabra convenida tuviera un significado preciso; que la música fuera un instrumento para vestirla de domingo, para aliviarla o para convertirla en una espada. Hacía un trato con cada una de ellas y se le humedecían los ojos. No recuerdo la letra ni sé si alcanzaba a comprender su significado, pero sentí cómo se fue apropiando de mí aquella armonía, aquél lenguaje. El fandango, como es dulce, es adecuado para iniciarse.
Hay personas que se parecen. Cuando las observas o hablas con ellas, te das cuenta de que tienen rasgos comunes o comparten códigos vitales con otras. Independientemente de su origen social o nacionalidad; se parecen. No es muy habitual, pero de vez en cuando sucede que identificas a alguna de estas personas que son como semillas, de una misma planta, esparcidas por distintos lugares del planeta. Hemingway era norteamericano y se sentía cubano desde que probaría el ron o el aguacate, desde el primer momento en que se daría cuenta de que su respiración era más plena en Cuba, desde que pescó la primera aguja. Y también era español porque vivía nuestra cultura como suya. Algo parecido les debe ocurrir a los hispanistas británicos, a los japoneses con el arte flamenco, y a Orson Wells. Hay gente que se parece y es universal.
Dos meses después de haber vivido el espíritu del escritor desde el exterior de su casa en Cuba, murió mi padre y me apropié de Hemingway. Por primera vez supe lo que significaba lo determinante, la sequedad, un golpe seco y definitivo, la fría indiferencia de una pared, una silla imperturbable, abrir los ojos. Mi hermano, que me seguía, también fue protagonista de las vivencias y las enseñanzas, especialmente en todo lo relacionado con la naturaleza y la caza, llegando todo eso a conformar su vida; una vida que correspondía a otro tiempo. Ya nada sería igual, fue el comienzo de una existencia desconocida y a partir de ese momento ya no tenía a quién ir a encontrar. Creo que mi padre nunca había leído una novela porque su lectura escogida siempre era El Cossio, y, aunque sólo escribiera algunas postales desde Canarias, donde hizo el servicio militar; se le parecía. Por eso, dentro de mí, lo hice coincidir con el escritor norteamericano como si fuera una semilla de la misma planta, y eso me reconfortaba. Apropiándome de Hemingway, para vincularlo con mi padre, fue una manera de encontrar cierto descanso. Tardaría en saber que el tiempo es una estación de llegada y que éste iba a ser el único aliado.
Continuará...
jueves, 2 de diciembre de 2010
1985 Cuba - Capítulo XXXIX
Además de los referentes familiares tengo una relación muy personal con determinados escritores, cantaores y algún político. Con ellos me comunico y tengo establecida una relación fundamental que utilizo dependiendo de su eficacia. La respuesta a esta diversidad de anclajes a las vidas de los demás me la dio mi peluquero. Se trata de un joven con una estética moderna, más próxima a lo racial que a lo volátil -que ha conseguido montar su propio negocio donde trabaja él solo-, lleva un corte de pelo que me recuerda a Jimmy Hendrick y le gustan los tatuajes. Durante mis encuentros, tardíos, he sido testigo de cómo los tatuajes le fueron envolviendo los brazos. Desconozco si tiene más en otras partes del cuerpo, no se lo he preguntado. Sus tatuajes tienen una estética cuidada, con mucho colorido, que los hace más atrayentes al no tener una piel blanquecina. Descubrí a través de un amigo, que también lo conoce, que los tatuajes simbolizan distintos momentos de su vida que lo han marcado o que él considera importantes. Puede ser que, por la diferencia generacional, piense que no tenemos mucho en común y por eso no suele ser muy comunicativo, así que, mientras se emplea con las tijeras conversamos intermitentemente. Sólo habla cuando le pregunto o le comento algo mientras hace su trabajo y una parte del pelo que va cortando cae sobre mis hombros; el resto se desliza lentamente por el mandil para ir a parar a mi seno o directamente al suelo, a lo que yo contribuyo levantando de vez en cuando las manos, ocultas debajo del delantal, porque me resulta agradable verlo y sentirlo limpio. Un día, al ver que ya tenía cubierto de tatuajes casi la totalidad de los brazos sin llegar a las manos, le pregunté por el último que se había hecho. Pero se mostró huidizo, como si no le gustara hablar de eso. Yo lo entendí, porque comprendo que los tatuajes son una cosa muy íntima e incluso espiritual. Le dije que me gustaban los tatuajes, son muy seductores, y que yo había sentido en más de una ocasión el gusanillo de hacerme uno pequeño en un lugar discreto, pero que siempre dudé porque el tatuaje es para siempre, en eso consiste, y que a lo mejor algún día podría cambiar de opinión y convertirse en algo que me pudiera incomodar sin remedio. Sin pensarlo, me dijo: Eso es falta de personalidad. Durante unos segundos medité su conclusión y le respondí: Así es, eso es verdad. Entonces, tras una pausa y cambiando de conversación, le pregunté cómo le iba el Audi TT que se había comprado de segunda mano.
Aquél mismo día que regresamos a La Habana teníamos prevista una visita a la casa de Ernest Hemingway. Fuimos a su Finca La Vigía en el pueblecito de San Francisco de Paula, muy cerca de La Habana, pero sólo pudimos visitar los alrededores porque la casa estaba cerrada por reformas. Allí había escrito Hemingway “Por quién doblan las campanas” y “El viejo y el mar”.
- De pequeño, como yo era el mayor de mis hermanos, me llevaban a muchos sitios. Mi padre me levantaba antes del amanecer para ir de cacería, me llevaba a pescar sábalos al río Guadalete, a la Laguna , a los toros, a coger espárragos, madroños, castañas o alcachofas silvestres; me enseñaba a escuchar y conocer a los pájaros. ¿Ves? ese es el sonido que hace el zorzal, ahí canta un jilguero, un petirrojo, una tórtola, el cuco, la alondra, el ruiseñor; escucha. Mira la oropéndola, la abubilla, el abejaruco… Cuando descubría un nido me lo enseñaba con sigilo. También me llevaba a la bodega donde trabajaba para que estuviera con él los días que no tenía colegio, a las peleas de gallos y al cine. Conocía la tonelería, el vino, la bodega, la viña y amaba la naturaleza. Pasaba mucho tiempo con él en los bares, próximos a mi casa, en los que durante toda su vida fue teniendo su punto de encuentro; siempre iba a buscarlo. También le acompañaba a los entierros. Cuando murió mi abuelo no me despegué de su lado, aunque a los entierros y a los pésames también me llevaban mi madre y mi tía. Supongo que ir acompañado de un niño a esos sitios equilibra las emociones y da esperanza. Conocí temprano el ambiente que se respiraba en los sepelios, donde se recordaban vivencias y la gente se reencontraba después de muchos años sin verse o se contaban anécdotas del fallecido sin que faltaran las ocurrencias y el humor en los momentos más relajados. También era una oportunidad, que no se debía de desaprovechar, para beber vino. Así conocí cómo era el silencio en la casa de un torero jerezano, Manuel Leyton “El Coli” que murió, en el acto, de una cornada en la Plaza de Toros de la Ventas de Madrid. Mi tía me llevó a dar el pésame y nos recibió su hermana que se encontraba sola en la casa. Recuerdo su pelo perfecto recogido en un "roete", la ropa conjuntada de negro y la cadena de oro con la imagen de una virgen; la transparencia de los ventanales, el marco de plata con la foto sonriente del torero que estaba sobre la cómoda, la pulcritud de las losas de mosaico hidráulico y el color verde intenso y brillante de las hojas de las pilistras.
Un día se produjo la emoción y comencé a percibir el cante. Sucedió un viernes santo en la Casa del Olivo.Unas horas antes, como hacía su recorrido de madrugada, se había recogido en su Ermita de La Plazuela una de las imágenes más singulares del Barrio de San Miguel, la Virgen de la Esperanza de la Yedra. Ésta casa tenía un patio tapizado de pequeñas piedras de río, era espacioso y abierto al cielo azul del día, donde reinaba un olivo. Además, la casa tenía otra peculiaridad por la que era también conocida: El Cristo de Porrones. Se trataba de un crucificado de tamaño considerable que uno de los vecinos, de sobrenombre Porrones, tenía en el interior de su vivienda. Era costumbre que ese día, de viernes santo, se citaran en la casa del olivo amigos y vecinos para cantar y convivir en un ambiente en el que se combinaba la espiritualidad y la alegría; siempre unidas. En aquella casa había elementos de conjuro y de misticismo, que pertenecían a los secretos con los que la naturaleza administra la religiosidad humana con la aprobación de la existencia de un ser supremo inmerso en su cultura, dentro de un orden no establecido por la jerarquía de los hombres. Allí se cantaban saetas y otros palos hondos que eran siempre rematados, con la misma trascendencia, con las bulerías. No le conviene al alma marcharse triste porque el ánimo se seca.
jueves, 25 de noviembre de 2010
1985 Cuba - Capítulo XXXVIII
Mi abuelo compró una casa, a final de los años cuarenta, al lado de donde vivía cuando le ocurrió lo de 1936. La casa la habitaban en régimen de alquiler ocho familias más, como era lo habitual en aquellos años en los que se compartían los hornillos de carbón, los lavaderos y las azoteas. En aquella casa también tuvo su parte mi padre y su hermana cuando se casaron. Allí nací yo y también todos mis hermanos. Uno de los vecinos que vivía en dos habitaciones con su mujer y dos hijos, lo recuerdo vagamente porque murió siendo yo muy chico, era una persona que casi no hablaba con nadie, pero que a los niños, cuando se cruzaba con alguno, siempre los nombraba por su nombre en diminutivo sin decirle nada más: Pepito, Juanito… Los vecinos cuando hablaban de él se compadecían con voz desconsolada, guardándole mucho respeto, por la experiencia que este hombre tuvo que afrontar años atrás. Trabajaba de chofer con una camioneta, que no era de su propiedad, y cuando saltó el Movimiento tuvo que realizar muchos traslados con los fusilados; víctimas del desorden y de la brutalidad. Eran buenos vecinos, pero reservados; parecía que llevaban una vida quebrantada, como si sobre ellos hubiera recaído el duelo de todas aquellas victimas que el padre tuvo que transportar. A final de los años setenta coincidí con uno de sus hijos. Había trabajado unos años en Inglaterra y de vuelta a España consiguió un puesto en un departamento de la empresa donde yo trabajaba. Era una persona formal, algo más que cumplidora de sus obligaciones, y tenía una caligrafía muy original y bonita. Lo traté a diario durante más de veinte años y era una de esas personas a las que he podido identificar, con el paso del tiempo, como buena. De vez en cuando se irritaba con algunas de las cosas que le pasaban, pero entonces para compensarse, solía soltar unos tacos muy genuinos de elaboración propia, que eran seguidamente superados por un noble y perseverante espíritu con el que siempre afrontaba la adversidad. Era divertido fuera del trabajo, no era ajeno a nada y no era creyente, pero tenía en la cabeza algunas pequeñas cosas importantes, y asumido en el corazón una condición delicada y generosa; exenta de cualquiera de las formas de las que se puede revestir la malevolencia.
Nos anunciaron que el avión se retrasaría unos cuarenta minutos y pronto despegaríamos hacia nuestro destino. Nos sentamos en los bancos de la sala de espera y Germán dijo: Tenemos tiempo para hablar un rato, cuéntame lo de tu experiencia institucional. Tiene que ver con mi tío, le dije. Pero, primero te tengo que contar una anécdota suya, porque siempre que lo menciono me acuerdo de ella, y me gusta contarla. Se marchó a Francia después de casarse, estuvo unos años y volvió a Madrid donde trabajó mucho tiempo antes de volver a París. Conducir no era una actividad que le gustara especialmente, pero como obtuvo el carnet de conducir en Francia cuando estuvo la primera vez; la antigüedad era un buen aval para suponerle una gran experiencia al volante y no tenía dificultad para encontrar trabajo. Allí trabajó de chofer y ayuda para un Conde. El Conde ya era mayor, soltero, y salía poco, por lo que no tenía que conducir demasiado. Un día de invierno lo llevó a la casa de campo, a las afueras de París, en un vetusto Rolls Royce. Hacía las cosas que no le entusiasmaban con premura, como si temiera que la vida fuera a jugársela de nuevo sin margen alguno. Cuando caminaba parecía que corría, comía rápido y dormía la siesta en pijama. Las comidas o las cenas de diario eran un preámbulo para enseguida guarecerse y volver a reencontrarse. Vivió con interés y con conocimiento de todo lo que le gustaba. De joven fue mozo de espadas de Rafael de Paula, cuando el genial matador comenzaba de novillero, y hacía un cante de Cádiz con un ángel grande, cuando decía… Y mi pare no me quiere/Y mi mare no me quiere/Y a mí no me quiere naide. Lo cantaba con una gracia que hacía estallar los hechizos; como decimos nosotros: para tirarse al suelo. Era primo de mi padre, y su familia vivía en la misma calle donde fueron a buscar a mi abuelo. Ambos sentían el cante hondo con amplitud, y eran largos y profundos. Agujetas El Viejo fue un gran creador e iniciador de una saga de cantaores gitanos puros. Tuve la experiencia de conocerle en el bar Los tres Reyes, un lugar de encuentro de comerciantes y pescaderos, muy próximo a la Plaza de Abastos. Aquel día, mi padre le escuchaba cantar, serían las cuatro de la tarde, y salvo el dueño y yo no había nadie más en el bar. No sé por qué, pero yo estaba allí con mi padre. Aquel hombre más que cantar decía cosas que yo no entendía. La melodía del cante la llevaba dentro la palabra, los ritmos eran discontinuos, pausados y acallados. Muy difícil de entender, y más para un niño. Mi padre me dijo: Escucha esto, este hombre es un genio, dice unas cosas… Yo me daba cuenta cómo le llegaban aquellas palabras, como si le estuvieran rompiendo por dentro, cuando me decía… ¡Acuérdate! ¡Escucha!
Aquel día cayó una gran nevada y el coche se atascó camino de la casa de campo. Los que le conocíamos podíamos imaginarlo dándole marcha al coche hacia delante y hacia atrás girando el volante hacia un lado y hacia el otro, bajándose y subiéndose una y otra vez repitiendo las maniobras con voluntad, pero sin salir del atolladero, y el coche cada vez más afianzado en la nieve. Ya fatigado y sin la posibilidad de poder pedirle ayuda a nadie, se le iría incrementando la inquietud al no lograr desatascarlo. Al ver el Conde, que no conseguía sacarlo de allí, le dijo: “¡Francisco, la pala!, ¡Coja usted la pala!”. Y mi tío, que ya estaría descompuesto, le dijo: “¿La pala?, ¡la pala la va a coger usted, con los huevos si quiere, monsieur!” Cogió la bufanda y se fue andando, como él solía hacerlo, dejando al Conde dentro del coche a mitad de camino. -Germán se partía de la risa-. Entró en la primera casa que encontró y llamó por teléfono para que fueran a rescatar al Conde. Menos mal, porque si lo hubiera dejado a su suerte habría corrido el riesgo de congelarse. Esta anécdota, él no solía contarla, pero cuando lo hacía no la consideraba una experiencia graciosa o de la que se sintiera orgulloso, ni mucho menos, porque el gesto de la pala para él superaba cualquier consideración. Al margen de convencionalismos y de sus propios intereses, porque como es lógico no volvió a trabajar para el Conde. Aquel plante se debió a un impulso inevitable porque andaba sobrado de argumentos y sólo él sabía como interpretarlos. Su padre fue cocinero y, es difícil que siendo cocinero le hubiera hecho daño a nadie o que incluso fuera un revolucionario, estaba bien considerado y era querido por todo el mundo, pero un día también fueron a buscarlo porque estaba afiliado a un sindicato. Fue alertado por un vecino de que estaban haciendo detenciones en otras casas próximas y corrió a esconderse. El lugar que encontró más idóneo para hacerlo fue en los lavaderos de uno de los dos patios que tenía la casa y se ocultó como pudo debajo de una pila de las de entonces. Cuando llegaron, preguntaron por él y entraron en la vivienda. Al ver que no se encontraba allí interrogaron a su mujer. Ella les dijo que no estaba, que no había venido. Entonces dijeron que sabían que estaba allí y comenzaron a interrogar uno a uno a todos los vecinos. El miedo lo delató. Se lo llevaron y nunca volvió. La familia la componían cuatro hermanos y él era el más pequeño, tendría dos o tres años cuando ocurrió aquello; unos meses más tarde murió la madre.
Sabía de cante y conocía las glorias y desventuras de los artistas que ya eran grandes en los años cincuenta y de los que comenzaban a serlo, porque trabajó en Madrid en Los Canasteros, el tablao flamenco de Manolo Caracol, durante su época más gloriosa. En Madrid fue un referente para muchos amigos, conocidos o recomendados que llegaban a la capital por primera vez. Y le consiguió la penicilina a un amigo jerezano que cumplía condena, como preso político, en Carabanchel. Una vez le pegunté, Tito: ¿Quiénes era los rojos? Y el me respondió apasionado: ¡Que no eran los rojos!, ¡que eran republicanos! No quiso decir nada más ni yo le insistí porque se me encogió el corazón con aquella respuesta tan sentida y categórica. Aquello fue todo. Entonces no entendí nada, pero fue suficiente para tener la certeza de que “los rojos” no podían ser los malos y que había más cosas que debía descubrir por mi cuenta. -Germán dijo: Para que a uno se le graben las cosas no son necesarias muchas palabras, tiene más que ver cómo se dicen y la carga de verdad que llevan-. Pues, esa fue la segunda parte de mi referencia política a la que yo califico como institucional, Germán.
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