domingo, 12 de diciembre de 2010

1985 Cuba - Capítulo 40


El cante flamenco no es glamoroso como lo son otras manifestaciones artísticas, está revestido de un óxido azul que ni los directores de cine ni los escritores, hasta hoy, lo han representado o ideado en un formato adecuado a su dimensión sensorial: color, sabor, energía, entrañas. Sólo se han elaborado datos biográficos, reseñas o anécdotas; no se han contado vidas en su verdadera magnitud. Sigue siendo de otra época, de otro mundo, minoritario, errante, desclasado y a veces incompatible, salsero y desprendido; desgarrador e imposible. Está siendo descubierto por otras culturas y continuará evolucionando, pero aún se encuentra en la edad del fuego. Me hubiera gustado saber lo que podría pensar Stanley Kubrick, qué sería capaz de hacer, qué tipo de interiores pensaría; me hubiera interesado su opinión más que la de ningún otro.


Acompasado, sonriente, comenzó a cantar Luis de Pacote y cuando ya había avanzado el cante le siguió, con la expresión nítida y punzante de las cuerdas, Juan Morao. Como suele suceder, en este tipo de reuniones, el cante es libre y surge cuando el ambiente lo respalda y los sentimientos lo convocan. Aquel hombre cantaba con una fuerza contenida que iba administrando con serenidad. Había acordado, dentro de sí, que cada palabra convenida tuviera un significado preciso; que la música fuera un instrumento para vestirla de domingo, para aliviarla o para convertirla en una espada. Hacía un trato con cada una de ellas y se le humedecían los ojos. No recuerdo la letra ni sé si alcanzaba a comprender su significado, pero sentí cómo se fue apropiando de mí aquella armonía, aquél lenguaje. El fandango, como es dulce, es adecuado para iniciarse.

Hay personas que se parecen. Cuando las observas o hablas con ellas, te das cuenta de que tienen rasgos comunes o comparten códigos vitales con  otras. Independientemente de su origen social o nacionalidad; se parecen. No es muy habitual, pero de vez en cuando sucede que identificas a alguna de estas personas que son como semillas, de una misma planta, esparcidas por distintos lugares del planeta. Hemingway era norteamericano y se sentía cubano desde que probaría el ron o el aguacate, desde el primer momento en que se daría cuenta de que su respiración era más plena en Cuba, desde que pescó la primera aguja. Y también era español porque vivía nuestra cultura como suya. Algo parecido les debe ocurrir a los hispanistas británicos, a los japoneses con el arte flamenco, y a Orson Wells. Hay gente que se parece y es universal.

Dos meses después de haber vivido el espíritu del escritor desde el exterior de su casa en Cuba, murió mi padre y me apropié de Hemingway. Por primera vez supe lo que significaba lo determinante, la sequedad, un golpe seco y definitivo, la fría indiferencia de una pared, una silla imperturbable, abrir los ojos. Mi hermano, que me seguía, también fue protagonista de las vivencias y las enseñanzas, especialmente en todo lo relacionado con la naturaleza y la caza, llegando todo eso a conformar su vida; una vida que correspondía a otro tiempo. Ya nada sería igual, fue el comienzo de una existencia desconocida y a partir de ese momento ya no tenía a quién ir a encontrar. Creo que mi padre nunca había leído una novela porque su lectura escogida siempre era El Cossio, y, aunque sólo escribiera algunas postales desde Canarias, donde hizo el servicio militar; se le parecía. Por eso, dentro de mí, lo hice coincidir con el escritor norteamericano como si fuera una semilla de la misma planta, y eso me reconfortaba. Apropiándome de Hemingway, para vincularlo con mi padre, fue una manera de encontrar cierto descanso. Tardaría en saber que el tiempo es una estación de llegada y que éste iba a ser el único aliado. 

Continuará...

jueves, 2 de diciembre de 2010

1985 Cuba - Capítulo XXXIX



Además de los referentes familiares tengo una relación muy personal con determinados escritores, cantaores y algún político. Con ellos me comunico y tengo establecida una relación fundamental que utilizo dependiendo de su eficacia. La respuesta a esta diversidad de anclajes a las vidas de los demás me la dio mi peluquero. Se trata de un joven con una estética moderna, más próxima a lo racial que a lo volátil -que ha conseguido montar su propio negocio donde trabaja él solo-, lleva un corte de pelo que me recuerda a Jimmy Hendrick y le gustan los tatuajes. Durante mis encuentros, tardíos, he sido testigo de cómo los tatuajes le fueron envolviendo los brazos. Desconozco si tiene más en otras partes del cuerpo, no se lo he preguntado. Sus tatuajes tienen una estética cuidada, con mucho colorido, que los hace más atrayentes al no tener una piel blanquecina. Descubrí a través de un amigo, que también lo conoce, que los tatuajes simbolizan distintos momentos de su vida que lo han marcado o que él considera importantes. Puede ser que, por la diferencia generacional, piense que no tenemos mucho en común y por eso no suele ser muy comunicativo, así que, mientras se emplea con las tijeras conversamos intermitentemente. Sólo habla cuando le pregunto o le comento algo mientras hace su trabajo y una parte del pelo que va cortando cae sobre mis hombros; el resto se desliza lentamente por el mandil para ir a parar a mi seno o directamente al suelo, a lo que yo contribuyo levantando de vez en cuando las manos, ocultas debajo del delantal, porque me resulta agradable verlo y sentirlo limpio. Un día, al ver que ya tenía cubierto de tatuajes casi la totalidad de los brazos sin llegar a las manos, le pregunté por el último que se había hecho. Pero se mostró huidizo, como si no le gustara hablar de eso. Yo lo entendí, porque comprendo que los tatuajes son una cosa muy íntima e incluso espiritual. Le dije que me gustaban los tatuajes, son muy seductores, y que yo había sentido en más de una ocasión el gusanillo de hacerme uno pequeño en un lugar discreto, pero que siempre dudé porque el tatuaje es para siempre, en eso consiste, y que a lo mejor algún día podría cambiar de opinión y convertirse en algo que me pudiera incomodar sin remedio. Sin pensarlo, me dijo: Eso es falta de personalidad. Durante unos segundos medité su conclusión y le respondí: Así es, eso es verdad. Entonces, tras una pausa y cambiando de conversación, le pregunté cómo le iba el Audi TT que se había comprado de segunda mano.

Aquél mismo día que regresamos a La Habana teníamos prevista una visita a la casa de Ernest Hemingway. Fuimos a su Finca La Vigía en el pueblecito de San Francisco de Paula, muy cerca de La Habana, pero sólo pudimos visitar los alrededores porque la casa estaba cerrada por reformas. Allí había escrito Hemingway “Por quién doblan las campanas” y “El viejo y el mar”.

- De pequeño, como yo era el mayor de mis hermanos, me llevaban a muchos sitios. Mi padre me levantaba antes del amanecer para ir de cacería, me llevaba a pescar sábalos al río Guadalete, a la Laguna, a los toros, a coger espárragos, madroños, castañas o alcachofas silvestres; me enseñaba a escuchar y conocer a los pájaros. ¿Ves? ese es el sonido que hace el zorzal, ahí canta un jilguero, un petirrojo, una tórtola, el cuco, la alondra, el ruiseñor; escucha. Mira la oropéndola, la abubilla, el abejaruco… Cuando descubría un nido me lo enseñaba con sigilo. También me llevaba a la bodega donde trabajaba para que estuviera con él los días que no tenía colegio, a las peleas de gallos y al cine. Conocía la tonelería, el vino, la bodega, la viña y amaba la naturaleza. Pasaba mucho tiempo con él en los bares, próximos a mi casa, en los que durante toda su vida fue teniendo su punto de encuentro; siempre iba a buscarlo. También le acompañaba a los entierros. Cuando murió mi abuelo no me despegué de su lado, aunque a los entierros y a los pésames también me llevaban mi madre y mi tía. Supongo que ir acompañado de un niño a esos sitios equilibra las emociones y da esperanza. Conocí temprano el ambiente que se respiraba en los sepelios, donde se recordaban vivencias y la gente se reencontraba después de muchos años sin verse o se contaban anécdotas del fallecido sin que faltaran las ocurrencias y el humor en los momentos más relajados. También era una oportunidad, que no se debía de desaprovechar, para beber vino. Así conocí cómo era el silencio en la casa de un torero jerezano, Manuel Leyton “El Coli” que murió, en el acto, de una cornada en la Plaza de Toros de la Ventas de Madrid. Mi tía me llevó a dar el pésame y nos recibió su hermana que se encontraba sola en la casa. Recuerdo su pelo perfecto recogido en un "roete", la ropa conjuntada de negro y la cadena de oro con la imagen de una virgen; la transparencia de los ventanales, el marco de plata con la foto sonriente del torero que estaba sobre la cómoda, la pulcritud de las losas de mosaico hidráulico y el color verde intenso y brillante de las hojas de las pilistras.

Un día se produjo la emoción y comencé a percibir el cante. Sucedió un viernes santo en la Casa del Olivo.Unas horas antes, como hacía su recorrido de madrugada, se había recogido en su Ermita de La Plazuela una de las imágenes más singulares del Barrio de San Miguel, la Virgen de la  Esperanza de la Yedra.  Ésta casa tenía un patio tapizado de pequeñas piedras de río, era espacioso y abierto al cielo azul del día, donde reinaba un olivo. Además, la casa tenía otra peculiaridad por la que era también conocida: El Cristo de Porrones. Se trataba de un crucificado de tamaño considerable que uno de los vecinos, de sobrenombre Porrones,  tenía en el interior de su vivienda. Era costumbre que ese día, de viernes santo, se citaran en la casa del olivo amigos y vecinos para cantar y convivir en un ambiente en el que se combinaba la espiritualidad y la alegría; siempre unidas. En aquella casa había elementos de conjuro y de misticismo, que pertenecían a los secretos con los que la naturaleza administra la religiosidad humana con la aprobación de la existencia de un ser supremo inmerso en su cultura, dentro de un orden no establecido por la jerarquía de los hombres. Allí se cantaban saetas y otros palos hondos que eran siempre rematados, con la misma trascendencia, con las bulerías. No le conviene al alma marcharse triste porque el ánimo se seca.