
Después de la experiencia del desayuno en el hotel Habana Libre, tenía por delante un universo nuevo que descubrir y deseaba formar parte de él. Por eso no desaproveché ninguna posibilidad para preguntar, ninguna oportunidad para comunicarme con todas las personas con las que tuve contacto y con otras muchas a las que abordé con entusiasmo, porque me sentía, abiertamente, compañero.
Recuerdo muy bien, y recordaré siempre, las caras de casi todos los cubanos a los que traté: sus sonrisas, el talante sereno, la amabilidad y la tristeza de aquellos que resignados me miraban sin atreverse a decir ¡No seas tan ingenuo! Poco tiempo después comprendí por qué callaban y escuchaban con paciencia contenida mi adhesión a los valores de la revolución, cuando, para cada uno de ellos, su único interés siempre era conocer cómo vivíamos nosotros aquí y qué cosas materiales disfrutábamos. Pero mi empatía con la causa de la justicia social me llevaba de manera inconsciente a desmitificar la sociedad de donde yo venía; ese mundo que por un precio ridículo me había permitido hacer de turista experimental para hablarles de política o de romanticismo, al hilo de unos versos de Nicolás Guillén, que no podían ser más apropiados para la ocasión, y bellos para la canción que en aquellos días cantaba con voz limpia, comprometida y lúcida, Pablo Milanés: “De qué callada manera/ se me adentra usted sonriendo/ como si fuera la primavera/ (Yo, muriendo)”.
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